Todo lo que ves de mí, no es nada de lo que yo soy. Y si no te gusta cómo soy, todo lo que ves de mí, metételo en el culo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Angustia

Hoy es una de esas noches en que quisiera poder hablar. Es una de esas noches en que Angustia es mi compañera. Sería inocente pensar que yo no le hago compañía. Lástima, pienso dentro, lástima no poder pensar para afuera.
Si esta noche pudiera hablar con palabras y no con gotas saladas perdería su concomitancia, pero siento que ya me acostumbré a ella. Quizás seamos viejos amigos. Quizás no me moleste tanto su presencia.

martes, 31 de julio de 2012

Vida, ¿estás ahí?

Y lo peor es que ya no puedo dormir sin pensar en la facultad, ¡y con lo que significa el sueño para mí!

Todos dicen que eso pasa sólo los primeros meses, o el primer año, o quién sabe cuánto tiempo, que se supone con el tiempo (que nadie sabe cuánto) uno se acostumbra y los parciales le pesan menos. Que se supone que con el tiempo los trabajos prácticos cada vez son menos densos. Que se supone que con el tiempo te chupa un huevo lo que te dice el profesor.

A este pibe las cosas se le están complicando más de lo que se imaginaba. A veces anhela los tiempos en que lo más difícil era leer a uno de esos tipos enroscados, como Canclini o Foucault, o hacer decenas de logaritmos. 

La Música le gusta, es su pasión, pero todos sabemos que la facultad poco a poco hace que deje de gustarte hasta lo que más te gusta (¿será que tengo que estudiar Gastronomía para recuperar un poco la línea?) 

Espero que pase lo que todos dicen que pasa, y que pase pronto. Que llegue pronto el día en que leer idioteces de forma seria y cantar como un castrati  me parezca entretenido.


lunes, 13 de febrero de 2012

Psicoanálisis de una batuta


-Es que él piensa que por ser madera no siento. Esas son creencias de un imbécil. ¿Acaso conoce usted algo más sensible y maleable que una madera? Cuando hace calor nos hinchamos, cuando hace frío nos contraemos. ¡Encima, eso, que piensen que no sentimos el calor o el frío!
A veces pienso que me menosprecio a mí misma. No vaya usted a pensar, doctor, que no me enorgullecen mis raíces, pues yo estoy sumamente orgullosa de ello, al fin y al cabo mi lucha es esta, la de reivindicar los derechos de los objetos de madera.
Pero me quedé pensando en eso del frío y el calor. Reconozco que el frío no lo padecemos tanto, por eso muchos eligen la madera para los pisos de sus casas, que por cierto muchas veces ni siquiera barren ni enceran. Pero bueno, eso no viene al caso. Lo que me molesta es que algunos físicos digan que la madera no es conductora. ¿Usted nunca dejó la cuchara de cocina sobre una olla con agua hirviendo y al agarrarla se quemó hasta el apellido? ¡Encima dicen que es el vapor quien nos da el calor! ¡Por dios! ¡El vapor! Encima que le dan todo el mérito a él, nos infla con su humedad asquerosa.
Sí, ya sé doctor, debo enfocarme en lo que me pasa. Es que es una mezcla. Como madera de ébano me veo obligada a proteger a mis pares, porque si no me tildarían de concheta refinada, y estoy muy lejos de eso, ¿no? Cambie la cara, doctor.
Anoche mismo, antes de entrar a la sala del teatro me enteré de que se interpretaría el concierto para violín en Sol mayor del ruso ese, nosécuánto Tchaikovsky. ¿Usted se piensa que a mí me avisó? ¿Se cree que él o alguno de esos músicos frustrados fue capaz de anticiparme sobre los movimientos bruscos que tendría que efectuar esa noche?
Para él es todo muy sencillo, en los ensayos usa a las otras, no a mí. Dice que es porque me cuida de evitables daños, pero sé que miente. Es un mentiroso, si lo sabré yo. Por suerte siempre llevo conmigo algunas pastillas de Dramamine, para eventuales mareos. Soy previsora, si lo sabrá usted. Cambie la cara, doctor.
Esa noche pude brillar, como de costumbre, pero ser una batuta no es fácil. Tengo que marcarles los tiempos, las entradas, la expresión y los movimientos de presteza y lentitud a los músicos, entre otras cosas.
Para cuando los aplausos llegan, yo suelo estar ya recostada sobre el atril del director, y los recibo con mucha alegría. Al fin y al cabo, si bien la gente aplaude a quien finge hacer el trabajo, sé que la totalidad del mismo la hago yo, ¿pero quién va a creer que de una varita de madera va a salir tanta magia?
Ya me siento mejor, doctor, nos vemos la semana próxima.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La calesita

Este es un cuento del género fantástico que escribí hace unos cuantos años.

‘‘Cuanto me motiva ver a los niños correr por el parque, oler el aroma a fresias y disfrutar del café por la mañana. Mis años me sirvieron para darme cuenta de que la felicidad no es efímera, tan solo hay que buscarla, y hacer lo posible para que no se vaya. ’’
Yo nací un seis de agosto, en Buenos Aires, en un hospital muy precario, pues mi padre era un gasista desempleado, y mi madre cuidaba de nosotros, ya que en esos tiempos no se estilaba que la madre trabaje. Mis tres hermanas y yo nos criamos solas, nos cuidábamos las unas a las otras, porque con la muerte de mi madre, y la ebriedad de mi padre, no podíamos esperar nada bueno de nuestro entorno.
La muerte de mi madre es inexplicable, hasta el día de ayer me pregunté qué pasó,  por qué se suicidó, por qué nos dejó a la deriva, por qué lo hizo.
Pero ya soy vieja, tengo ganas de desfallecer sobre mi mecedora, dejar que el viento haga lo que se le de la gana con mi cabellera, y olvidarme de todo, de absolutamente todo. Doy vueltas sobre la vida desde que tengo memoria, envejeciendo y rejuveneciendo. Dando vueltas, vueltas que marean, propias de una calesita de la cual se desea bajar de inmediato.  
Qué deseo absurdo el de desearme la muerte; solamente el día en que la vida los ponga en mi lugar me entenderán, esta vida en que mi muerte no existe, aunque deja sus rastros minuto a minuto.  
Simplemente hubiese deseado morir junto a mi familia, feliz, con ansias de conocer qué hay del otro lado, y ya que viene el caso me corregiré: La felicidad es efímera, tan solo hay que hacer lo posible para conocerle aunque sea la cara. ’’


La señora Delia me contrató para hacerle compañía, y para limpiar un poco su hogar. Debo reconocer que el sueldo era considerable, y además, al ser un trabajo con ‘’cama adentro’’, yo no debía pagar mis víveres, ni el transporte, ni los impuestos, nada.
Al momento en que mi patrona me ofreció el sueldo se notaba en su cara la intención de aumentarlo más y más, con tal de que aceptara el puesto. Pero yo recibí buena educación, y no me permití estafar a la pobre anciana.
Mi primer día de trabajo fue adorable, meritorio de una duquesa, totalmente opuesto al de una cuidadora de ancianos, y bastante paradójico. Doña Delia me sirvió la cena, me lavó mi camisa de dormir, organizó mi nuevo armario y me tendió la cama, la cual se hallaba junto a la de ella.
Al siguiente día por la madrugada, cuando yo me preparaba para limpiar todo hasta sacarle brillo, vi que la espaciosa y confortable cama de la señora estaba perfectamente tendida. Y mas extraño aún, en el comedor estaba servido mi desayuno, que constaba de jugo de naranjas y un sándwich tostado a la perfección.
-Disculpe Señora- me referí a ella- ¿levanto su desayuno, aunque no lo haya comido todavía?
-No linda, es para vos- me dijo desde su mecedora con una dulzura increíble- comelo rápido que se enfriará.

Luego de ingerir mi apetitoso desayuno, me dirigí al baño. Cuando salí, volví al comedor para limpiar toda la mugre, y algo más sorprendente aún, la mesa constaba de un mantel bordado a mano, y tenía un hermoso jarrito con fresias en su interior. Pero la señora seguía leyendo en su mecedora, intacta, sin estar agitada. No me atreví a decir nada, pero no se si fue por voluntad propia o por algo extraño que no pude mover mis labios. ¿Y ahora que hacía yo? Estaba toda la casa reluciente, y yo parada allí, esperando a que la tierra gane territorio sobre los muebles; pero eso no ocurría, ni lo vi ocurrir jamás. Me senté en otra mecedora, frente a Doña Delia, sin quitarle los ojos de encima, y la noche cayó sobre nosotras, fría, espeluznante. Pero yo estaba feliz, muy satisfecha con mi nueva vida de hija mimada.

Los días pasaban y yo seguía allí, mirando cómo escribía, cómo retocaba su peinado, y cómo me miraba con esos ojos tiernos de abuela adorable.
Recuerdo un día en el que le pregunté qué era lo que escribía, y si la memoria no me traiciona, su respuesta fue determinante: ‘’La vida, escribo’’.
Seguí callada, recibiendo su cariño y atención, viendo cómo me tendía la cama, y cómo de repente la cama estaba tendida sin que ella reconozca haberla tendido.

Admito que me acostumbré a su cariño, e intenté dejar de cobrarle, pero ella insistía, y cada mes mi sueldo aumentaba más y más, hasta llegué a pensar si mis ahorros eran mayores a los de ella. Se notaba que no quería que yo renunciara.
Un día me miré en el espejo, y vi que tenía ojeras. Entré en desesperación, yo tenía veinticinco años, o veintiséis, o treinta, o cuántos. Ese día, mes o año no pude deducir mi edad, no entendía nada, no sabía qué hacer. ¿Cuántos años tenia? Algo tan básico como mi edad no era descifrado por mi mente. Es importante destacar que muchas veces envidié el rostro de mi Señora, porque tenia muchas menos arrugas que yo, y sus manos también eran perfectas, sanas, con uñas esculpidas, y ese caminar que emanaba juventud característica de una veinteañera.
Un día mi señora dejó el mundo de los mortales, y me dejó su casa como herencia. En el testamento afirmaba no ser querida por su familia, y no querer darles nada por interés, pues nunca se habían molestado por ella.
Ya me hallaba yo anciana, escribiendo mi vida en un anotador, sobre mi mecedora, escuchando el timbre de la señorita que cuidaría de mí hasta el día de mi muerte.
El primer día se me ocurrió servirle el desayuno, y tenderle la cama, pues no quería espantarla, ya que era mucha la responsabilidad que portaría. El primer día se convirtió en primera semana, primer mes, año, década, siglo. Y me fui. Y ella llegó. Y se fue, y aquella otra llegó.
Mi Señora era ahora mi empleada.

¿Para qué verle la cara? Con la mía basta. Yo soy ella, y ella es yo. 

viernes, 2 de diciembre de 2011

Es lindo saber que hay alguien en este mundo que comparte tus gustos y no sólo tus gustos sino tus deseos y metas. Sí, sos increíble.