Todo lo que ves de mí, no es nada de lo que yo soy. Y si no te gusta cómo soy, todo lo que ves de mí, metételo en el culo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La calesita

Este es un cuento del género fantástico que escribí hace unos cuantos años.

‘‘Cuanto me motiva ver a los niños correr por el parque, oler el aroma a fresias y disfrutar del café por la mañana. Mis años me sirvieron para darme cuenta de que la felicidad no es efímera, tan solo hay que buscarla, y hacer lo posible para que no se vaya. ’’
Yo nací un seis de agosto, en Buenos Aires, en un hospital muy precario, pues mi padre era un gasista desempleado, y mi madre cuidaba de nosotros, ya que en esos tiempos no se estilaba que la madre trabaje. Mis tres hermanas y yo nos criamos solas, nos cuidábamos las unas a las otras, porque con la muerte de mi madre, y la ebriedad de mi padre, no podíamos esperar nada bueno de nuestro entorno.
La muerte de mi madre es inexplicable, hasta el día de ayer me pregunté qué pasó,  por qué se suicidó, por qué nos dejó a la deriva, por qué lo hizo.
Pero ya soy vieja, tengo ganas de desfallecer sobre mi mecedora, dejar que el viento haga lo que se le de la gana con mi cabellera, y olvidarme de todo, de absolutamente todo. Doy vueltas sobre la vida desde que tengo memoria, envejeciendo y rejuveneciendo. Dando vueltas, vueltas que marean, propias de una calesita de la cual se desea bajar de inmediato.  
Qué deseo absurdo el de desearme la muerte; solamente el día en que la vida los ponga en mi lugar me entenderán, esta vida en que mi muerte no existe, aunque deja sus rastros minuto a minuto.  
Simplemente hubiese deseado morir junto a mi familia, feliz, con ansias de conocer qué hay del otro lado, y ya que viene el caso me corregiré: La felicidad es efímera, tan solo hay que hacer lo posible para conocerle aunque sea la cara. ’’


La señora Delia me contrató para hacerle compañía, y para limpiar un poco su hogar. Debo reconocer que el sueldo era considerable, y además, al ser un trabajo con ‘’cama adentro’’, yo no debía pagar mis víveres, ni el transporte, ni los impuestos, nada.
Al momento en que mi patrona me ofreció el sueldo se notaba en su cara la intención de aumentarlo más y más, con tal de que aceptara el puesto. Pero yo recibí buena educación, y no me permití estafar a la pobre anciana.
Mi primer día de trabajo fue adorable, meritorio de una duquesa, totalmente opuesto al de una cuidadora de ancianos, y bastante paradójico. Doña Delia me sirvió la cena, me lavó mi camisa de dormir, organizó mi nuevo armario y me tendió la cama, la cual se hallaba junto a la de ella.
Al siguiente día por la madrugada, cuando yo me preparaba para limpiar todo hasta sacarle brillo, vi que la espaciosa y confortable cama de la señora estaba perfectamente tendida. Y mas extraño aún, en el comedor estaba servido mi desayuno, que constaba de jugo de naranjas y un sándwich tostado a la perfección.
-Disculpe Señora- me referí a ella- ¿levanto su desayuno, aunque no lo haya comido todavía?
-No linda, es para vos- me dijo desde su mecedora con una dulzura increíble- comelo rápido que se enfriará.

Luego de ingerir mi apetitoso desayuno, me dirigí al baño. Cuando salí, volví al comedor para limpiar toda la mugre, y algo más sorprendente aún, la mesa constaba de un mantel bordado a mano, y tenía un hermoso jarrito con fresias en su interior. Pero la señora seguía leyendo en su mecedora, intacta, sin estar agitada. No me atreví a decir nada, pero no se si fue por voluntad propia o por algo extraño que no pude mover mis labios. ¿Y ahora que hacía yo? Estaba toda la casa reluciente, y yo parada allí, esperando a que la tierra gane territorio sobre los muebles; pero eso no ocurría, ni lo vi ocurrir jamás. Me senté en otra mecedora, frente a Doña Delia, sin quitarle los ojos de encima, y la noche cayó sobre nosotras, fría, espeluznante. Pero yo estaba feliz, muy satisfecha con mi nueva vida de hija mimada.

Los días pasaban y yo seguía allí, mirando cómo escribía, cómo retocaba su peinado, y cómo me miraba con esos ojos tiernos de abuela adorable.
Recuerdo un día en el que le pregunté qué era lo que escribía, y si la memoria no me traiciona, su respuesta fue determinante: ‘’La vida, escribo’’.
Seguí callada, recibiendo su cariño y atención, viendo cómo me tendía la cama, y cómo de repente la cama estaba tendida sin que ella reconozca haberla tendido.

Admito que me acostumbré a su cariño, e intenté dejar de cobrarle, pero ella insistía, y cada mes mi sueldo aumentaba más y más, hasta llegué a pensar si mis ahorros eran mayores a los de ella. Se notaba que no quería que yo renunciara.
Un día me miré en el espejo, y vi que tenía ojeras. Entré en desesperación, yo tenía veinticinco años, o veintiséis, o treinta, o cuántos. Ese día, mes o año no pude deducir mi edad, no entendía nada, no sabía qué hacer. ¿Cuántos años tenia? Algo tan básico como mi edad no era descifrado por mi mente. Es importante destacar que muchas veces envidié el rostro de mi Señora, porque tenia muchas menos arrugas que yo, y sus manos también eran perfectas, sanas, con uñas esculpidas, y ese caminar que emanaba juventud característica de una veinteañera.
Un día mi señora dejó el mundo de los mortales, y me dejó su casa como herencia. En el testamento afirmaba no ser querida por su familia, y no querer darles nada por interés, pues nunca se habían molestado por ella.
Ya me hallaba yo anciana, escribiendo mi vida en un anotador, sobre mi mecedora, escuchando el timbre de la señorita que cuidaría de mí hasta el día de mi muerte.
El primer día se me ocurrió servirle el desayuno, y tenderle la cama, pues no quería espantarla, ya que era mucha la responsabilidad que portaría. El primer día se convirtió en primera semana, primer mes, año, década, siglo. Y me fui. Y ella llegó. Y se fue, y aquella otra llegó.
Mi Señora era ahora mi empleada.

¿Para qué verle la cara? Con la mía basta. Yo soy ella, y ella es yo. 

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