-Es que él piensa que por ser madera no siento. Esas son creencias de un
imbécil. ¿Acaso conoce usted algo más sensible y maleable que una madera?
Cuando hace calor nos hinchamos, cuando hace frío nos contraemos. ¡Encima, eso, que
piensen que no sentimos el calor o el frío!
A veces pienso que me menosprecio a mí misma. No vaya usted a pensar,
doctor, que no me enorgullecen mis raíces, pues yo estoy sumamente orgullosa de
ello, al fin y al cabo mi lucha es esta, la de reivindicar los derechos de los
objetos de madera.
Pero me quedé pensando en eso del frío y el calor. Reconozco que el frío
no lo padecemos tanto, por eso muchos eligen la madera para los pisos de sus
casas, que por cierto muchas veces ni siquiera barren ni enceran. Pero bueno,
eso no viene al caso. Lo que me molesta es que algunos físicos digan que la
madera no es conductora. ¿Usted nunca dejó la cuchara de cocina sobre una olla
con agua hirviendo y al agarrarla se quemó hasta el apellido? ¡Encima dicen que
es el vapor quien nos da el calor! ¡Por dios! ¡El vapor! Encima que le dan todo
el mérito a él, nos infla con su humedad asquerosa.
Sí, ya sé doctor, debo enfocarme en lo que me pasa. Es que es una mezcla.
Como madera de ébano me veo obligada a proteger a mis pares, porque si no me
tildarían de concheta refinada, y estoy muy lejos de eso, ¿no? Cambie la cara,
doctor.
Anoche mismo, antes de entrar a la sala del teatro me enteré de que se
interpretaría el concierto para violín en Sol mayor del ruso ese, nosécuánto Tchaikovsky.
¿Usted se piensa que a mí me avisó? ¿Se cree que él o alguno de esos músicos
frustrados fue capaz de anticiparme sobre los movimientos bruscos que tendría
que efectuar esa noche?
Para él es todo muy sencillo, en los ensayos usa a las otras, no a mí.
Dice que es porque me cuida de evitables daños, pero sé que miente. Es un
mentiroso, si lo sabré yo. Por suerte siempre llevo conmigo algunas pastillas
de Dramamine, para eventuales mareos. Soy previsora, si lo sabrá usted. Cambie
la cara, doctor.
Esa noche pude brillar, como de costumbre, pero ser una batuta no es
fácil. Tengo que marcarles los tiempos, las entradas, la expresión y los
movimientos de presteza y lentitud a los músicos, entre otras cosas.
Para cuando los aplausos llegan, yo suelo estar ya recostada sobre el
atril del director, y los recibo con mucha alegría. Al fin y al cabo, si bien
la gente aplaude a quien finge hacer el trabajo, sé que la totalidad del mismo
la hago yo, ¿pero quién va a creer que de una varita de madera va a salir tanta
magia?
Ya me siento mejor, doctor, nos vemos la semana próxima.